Política

Publicidad: penas leves para un latrocinio que no fue

La causa Publicidad, emblemática actuación judicial motorizada por el poder político para aleccionar a los “rebeldes” que osaron emanciparse del liderazgo caudillista de Ricardo Colombi, terminó con una condena leve para tres de los 10 acusados y con el sobreseimiento de los demás ex funcionarios.

Los condenados Arturo Colombi (ex gobernador), Carlos Fagúndez (ex ministro secretario de la Gobernación) y José Luis Zampa (ex director de Información Pública) recibieron 3 años de prisión en suspenso y la inhabilitación para ejercer cargos en la administración pública.
Parece una sentencia dura, pero en realidad fue la pena más suave que pudo aplicar el Tribunal Oral Penal N° 1 en medio de las constantes presiones ejercidas por el “ricardismo” a través de un esquema de poder que desde hace 20 años utiliza a la Justicia como arma de disuasión y persecución de adversarios políticos.
Esta maquinaria político-judicial diseñada por el fallecido ex interventor Ramón Mestre en 1999 fue perfeccionada desde 2001 por el ex gobernador Ricardo Colombi hasta convertirla en su principal herramienta de poder. Por eso, la sentencia contra Arturo es también un mensaje para el actual gobernador Gustavo Valdés, quien deberá evaluar los riesgos de una jugada secesionista en la segunda mitad de su mandato.
Ahí están, como un espejo de lo que podría ser su destino, los cadáveres políticos del primo Arturo y el correligionario Fagúndez, quienes se llevaron la peor parte al quedar inhabilitados para la función pública, un castigo que trunca sus posibilidades de volver al ruedo. Zampa, por su parte mereció una pena idéntica por otros motivos: tanto Ricardo como el senador Sergio Flinta y el fiscal general César Sotelo se la tenían jurada.
El ex vocero de Arturo fue considerado desde un principio como el fusible de la causa Publicidad. Considerado el blanco más vulnerable, Zampa fue quien más encono generó en los estrategas de este juicio politizado, dado que no proviene de la política sino de la actividad periodística, donde su pluma irritó en numerosas oportunidades a quienes ahora vinieron a cobrar revancha.
La pena, sin embargo, termina siendo menor en contraste con el relato tremendista que desde la superficialidad mediática alimentó las más afiebradas hipótesis de corrupción que finalmente fueron derribadas en el debate.
En los 11 años que duró, la llamada “megacausa” Publicidad desencadenó todo tipo de habladurías y titulares catastróficos sobre un supuesto desfalco millonario a través de una nunca comprobada tercerización de la pauta oficial. Pero lo que era planteado como “el robo del siglo” se definió con una condena en suspenso por pegar 10 carteles con la cara del gobernador Arturo Colombi.
Para que se entienda: la condena no fue por el mentado latrocinio tantas veces repetido por comunicadores a sueldo, sino por un puñado de afiches callejeros que son mendrugos confrontados con el festín de anuncios proselitistas de la actual campaña “Voy con vos”, multiplicados al infinito en redes sociales, el éter y las pantallas led de la provincia toda.
La carga probatoria fue tan débil, con testigos falsos y un perito senil, que en varias oportunidades el tribunal compuesto por Ana del Carmen Figueredo, Raúl Guerín y Héctor Azcona dio señales de una posible absolución. Pero el poder ricardista no lo iba a permitir: el domingo previo Flinta salió por Canal 13 para presionar por una condena ya que “sólo así se demostrará que la Justicia funciona”.
A la vez, operadores del mundillo político rondaron los despachos judiciales en los últimos días y los celulares sonaron hasta horas antes de la sentencia para exigir una pena de cumplimiento efectivo, meta de máxima que los arquitectos de este ajusticiamiento en clave de venganza no pudieron alcanzar.
El tribunal careció de independencia, pero se mantuvo en una posición de prudencia que lo llevó a buscar la pena menos lesiva para cumplir con la exigencia de los patrones políticos sin afectar la libertad de los imputados, quienes -sin celebrar- volvieron a sus casas para esperar que los vientos políticos, en algún momento, cambien de dirección.

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